Día de la Tierra
2019-04-27

Rodolfo Tarraubella, director ejecutivo de la Secretaría de Sustentabilidad y Finanzas Climáticas de la Agencia de Naciones Unidas en Argentina (CIFAL) y creador del sistema de transparencia comunitaria, herramienta de gestión social que empodera a las comunidades para facilitar el diálogo con las empresas y los gobiernos, expuso sobre finanzas climáticas en el marco de la jornada "Homenaje a la Tierra", organizada por la Fundación Criteria en el Instituto Geográfico Nacional.

En esta oportunidad, el referente en ecofinanzas se refirió al impacto del calentamiento global en la economía y advirtió que nos encontramos ante un desastre climático y que hay un tema material, el dinero, que es necesario tener en cuenta para que los cambios se produzcan y la humanidad no se transforme en un asesino transgeneracional. En ese sentido, también hizo hincapié en que la tendencia es hacia una economía climáticamente inteligente, en la que los fondos ávidos en invertir en este tipo de proyectos cobrarán un rol protagónico.

De acuerdo con el director ejecutivo de CIFAL, aún no somos conscientes de que existen bienes comunes, que él denomina "pre-primarios" (a diferencia de los primarios y secundarios, propuestos por las ciencias económicas) y que tienen que ver con la naturaleza en su estado más puro. "Cuando tenemos que mantener la biodiversidad y conservar una reserva ecológica, hay que pagarle a un guardaparque y cuesta plata. Existen diversos costos para diferentes compañías que usan la naturaleza. Hoy hay herramientas para calcular ese sector pre-primario" explicó.

"Cuando cursamos Contabilidad, el profesor nos dice que hay unos bienes escasos y otros abundantes. Los contadores se dedicarán a los bienes escasos porque son susceptibles de valor comercial. Los otros son superabundantes y a esos no se dedican. Estos últimos son el aire, el agua, la biodiversidad, etc. Y, en realidad, ya no abundan. Hoy no se puede ir a la montaña y beber agua pensando que es agua pura. Entonces ese bien también es escaso. Con el cambio climático, el aire ya no es puro, no es superabundante. Entonces seguimos enseñando con un paradigma antiguo. Como académicos hay que cambiar ese paradigma", continuó Tarraubella.

Para este experto, 2015 fue un año de inflexión a la hora de repensar las "finanzas verdes". La ONU aprobó la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible cuyas metas, plantea, se resumen en la siguiente frase: "Desterrar el hambre y la pobreza del mundo, combatiendo la desigualdad y la injusticia, protegiendo el planeta". Y luego, en la Cumbre de París de 2015, los países desarrollados se comprometieron a aportar a un fondo que se destinará a los Estados en vía de desarrollo para que éstos puedan adaptarse al cambio climático.

En ese contexto, Tarraubella se refirió al Fondo Verde para el Clima, que es el que actualmente moviliza más dinero para este objetivo: "Podemos tener una agencia acreditada en el propio país y no depender de la multilateral. Esa propia agencia puede ser una organización, un banco local, etc. La tasa de interés es del 0%, con 20 y 40 años para devolver la inversión. Entonces, hasta el más egoísta va a querer tener una acreditación para poder traer el dinero con esa tasa. Sin embargo, Argentina tiene una sola agencia acreditada, que no presentó ningún proyecto y fue desarticulada. Hay oportunidades que pasan, la puerta sigue abierta. Justamente, el mayor tomador de fondos es Brasil. Argentina es el país que menos pidió".

El experto en finanzas recordó que, tras el acuerdo firmado en la Cumbre de París, el actor Leonardo Di Caprio llamó a su agente financiero y le pidió que descarbonice sus inversiones. Tarraubella recuerda que ese contexto le hizo reflexionar sobre este tema en nuestro país: "Esta iniciativa nos llevó a pensar en Argentina. Y que ya este año, en relación a los bonos verdes, se puso en marcha el reglamento en la Comisión Nacional de Valores con el objetivo de que puedan emitirse en nuestra Bolsa de Comercio".


-¿Qué son los bonos verdes y cómo funcionan?
-Hay dos tipos de bonos,  los de carbono y los verdes. Los primeros se refieren a la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. Entonces, yo presento un proyecto que reduce la emisión de gases de efecto invernadero, por ejemplo, proteger una selva para que no la deforesten o poner determinada tecnología a una fábrica para reducir sus emisiones. Esas emisiones son certificadas y se pueden vender a otros que no logran reducir más. Normalmente es un mecanismo que viene de los países desarrollados y está destinado a los países en vía de desarrollo. Por su parte, cuando el bono verde esté en la Bolsa, se va a poder comprar y, de esa forma, uno se asegura que ese dinero sea destinado a financiar un proyecto verde. Entonces, congregaciones religiosas o con algún grado de ética que quieran comprometerse con el ambiente podrán invertir en este tipo de proyectos.


-¿Hay un compromiso real por parte de las organizaciones?
-Hay coaliciones, entre las que cabe destacar un fondo de pensión de Noruega que, si bien se hizo con regalías petroleras, hoy por hoy se lo obliga a descarbonizar su matriz para poder recibir inversiones. Entonces tiene que presentar reportes de la reducción de su huella de carbono. Si no reduce esa huella, se desinvierte e inmediatamente las acciones de la empresa caen. Por eso, yo propongo monetizar. Por ejemplo, si yo deforesto, planto soja y gano plata. En cambio, con su forestación, el vecino pierde plata porque me está regalando aire, me regala agua (porque gracias a que está conservando la cuenca, yo puedo usarla), y me regala la biodiversidad. Eso no es gratis, tiene un costo. ¿Cuánto vale por tonelada cada gas de efecto invernadero que yo emito? Para Latinoamérica eso vale 25 dólares por tonelada, de acuerdo a la CEPAL. Eso implica que si le pongo un impuesto por esos 25 dólares, la empresa gana menos.


-¿Qué te llevó a preocuparte por este tema?
-Todo empezó en 1992, cuando yo era director de una compañía financiera. En ese momento, uno de mis empleados escribió en la revista de la compañía que para ser profesionales había que trabajar solo por el dinero, sin identificarse con nada. Eso me llevó a contestarle, en otra nota de la revista. Mi mea culpa como director es no haber podido generar valores con los que mis empleados se pudieran identificar. Eso nos llevó a hacer algo diferente y desarrollamos la primera tarjeta de crédito ecológica del mundo, la "Mastercard Eco-Conciencia" que, después, la lanzamos en todo el mundo. En el año 2007 tomé la representación del mayor fondo de carbono del planeta. Cuando empezamos a evaluar la situación de las finanzas en el mundo, vimos que la gente terminaba dándole su plata a mercenarios que la invertían en aquellos destinos que les daban la mayor tasa, sin importarles a dónde iba. En ese contexto, apareció en España el Banco Triodos con un criterio de "banco ético", con un éxito total. Ahí fue cuando comencé a fusionar finanzas con una misión y logré que ambas cosas pudieran ir de la mano.


-¿El capitalismo tiene conciencia?
-Hay que darle fuerza a esa forma de conciencia. Hay un virus que tiene que crecer. Hay que desinvertir de la manera a la que estamos acostumbrados, para invertir en energías renovables o bonos verdes. La idea también es ir a las universidades para que estas cambien el paradigma de enseñanza de economía, porque ya no hay nada superabundante.


-Hablaste de "asesinos transgeneracionales", ¿de qué se trata este concepto?
-Hay que pensarlo desde la definición de desarrollo sostenible, que se refiere a las próximas generaciones. El objetivo es que se pueda desarrollar el hoy, sin quitarle a las generaciones el futuro. Entonces hablamos de un derecho transgeneracional. Si pienso que mi acción va a matar a mi nieto, soy un asesinato transgeneracional. Pero si mi nieto no muere y quiere hacerme un juicio por el daño que causé, para entonces yo ya habré muerto. Justamente, la ONU comenzó a hablar de la necesidad de escuchar a los sin voz, que son la naturaleza y las generaciones futuras.